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La metamorfosis de un hombre lobo

Considerada a veces como una superstición ridícula, lo cierto es que la metamorfosis de una persona en hombre lobo es algo que ha cautivado desde hace siglos.

La mutación en animales constituye una parte de todos los sistemas mitológicos y un hito cultural importante en prácticamente cualquier civilización.

El transformarse para llevar a cabo ciertos propósitos con mayor rapidez, seguridad y secreto, solía ser mejor y más eficaz bajo la forma de un animal que de ser humano.

En particular, la inteligencia que siempre han manifestado los lobos guarda una semejanza con la del hombre, por lo que no sorprende un gran sentido de afinidad.

En tiempos antiguos, nuestros antepasados fracasaron para determinar el rompimiento entre instinto y razón. Mantuvieron una tendencia para identificarse con ellos: los lobos.

Lo que llevó al hombre a hallar en esta especie algo análogo en su forma de proceder, fue algo más que un mero parecido imaginario.

Tuvo la idea de encontrar en ellos habilidades, deseos, sufrimientos, quehaceres y gratificaciones tan semejantes como las de él mismo. Se trazó una línea de entendimiento mutuo. Un lazo que con los siglos ha demostrado ser indisoluble.

Para mucha gente, tanto rústica como cultivada, el cuerpo es un simple ropaje que envuelve el alma. El hombre existe como espíritu. Es su auténtico ser.

Por conveniencia se viste con un cuerpo; unas veces el cuerpo es humano y otras de animal. Y el lobo siempre estuvo en la mira del hombre.

Si el cuerpo es como una jaula, según suelen decir lo poetas, es comprensible que a veces el alma quiera cambiar de jaula.

Hace muchos siglos, la transformación en lobo no era algo maligno, innoble o despreciable. Todo lo contrario: era señal de mejora mística y subjetiva.

En la medida en que una persona se elevaba en una escala espiritual, más augusta era la forma animal que adoptaba. Y el lobo siempre estuvo en muy alta consideración.

Algunos bestiarios tuvieron a nuestro protagonista como un ejemplar sabio e ilustre, que además de monógamo (fiel, por lo tanto) era buen padre.

Fue siempre un animal muy reverenciado.

Sus adeptos eran personas de las más variadas extracciones sociales: campesinos, aristócratas, gobernantes, clérigos, cortesanas, ladrones y una gama casi infinita de castas.

Sólo después del primer hombre lobo reconocido, Licaón; la imagen de la bestia sanguinaria comenzó a adquirir un cariz de crueldad y perversión.

A partir de entonces, los moralistas de distintos siglos hicieron del licántropo un emblema de los más variados vicios. En especial, la Ira y la Gula.

En la época moderna hay todavía muchas personas que creen en los hombres lobo, incluso se ofrecen explicaciones médicas y científicas para esclarecer el asunto.

Que el licántropo existe o haya existido es una cuestión cuya validez corresponde a cada cual determinar.

Testimonios los hay a favor y en contra, como no podía ser de otra manera.

Sólo se puede argüir, que si la creencia se ha conservado en tantísimos lugares y por muchos siglos, será porque algo o mucho tendrá de realidad.

Aunque tampoco se debe olvidar que la capacidad de fabulación del ser humano es prácticamente ilimitada.

No obstante, buscar la presencia de la luna llena antes de aventurarse a dar un paseo nocturno, a pie, por el bosque; es una precaución tan válida como cualquier otra.

Los medios para llegar a ser un hombre lobo

De acuerdo a las creencias populares, la transformación se daba por medios mágicos y fantásticos, para permitir el disfrute de la carne humana, o bien, por sentencia de los dioses quienes siempre estaban dispuestos a castigar un delito grave.

Igualmente se lograba en forma libre y voluntaria. ¿Cómo? Bebiendo el agua de lluvia estancada en una huella de lobo. La garra anegada impresa en la tierra.

O refrescándose tan sólo mediante el agua de una charca donde un lobo había abrevado previamente, así fuera en la forma más inofensiva y pacífica posible.

También se creía que la causa de la mutación en hombre lobo era casi obligada, al ser el séptimo varón consecutivo en una familia sin hijas.

Aquellos bebés que al nacer estaban cubiertos con una delgada membrana natal ─enmantillados─ o con mucho pelo, corrían el riesgo de contraer la condena.

Los hijos de sacerdotes y todo aquel que juraba celibato eran susceptibles de convertirse de pasar al clan de los lobizones por haber nacido en pecado.

Los rituales de nigromancia también eran un recurso opcional para aspirar a ser un licántropo: al tomar una pócima hecha a base de sabandijas, hierbas y sangre humana.

Las hierbas y raíces más socorridas eran: hojas de álamo, mandrágora, perejil, beleño, acónito, belladona. Y para los más osados, cicuta.

Por supuesto, el azar y la fatalidad no podían excluirse como causa de la metamorfosis. Una maldición de los padres o alguien con odio y malas intenciones podían causarla.

Asimismo, algunas épocas se consideraban más propicias que otras, según el folclore, el verano era la temporada ideal, aunque febrero era mes favorito para muchos otros.

No pocos condenados se retiraban a cementerios solitarios o abandonados para vivir exactamente como lobos durante esas temporadas.

El uso de objetos hechos con piel de lobo como cinturones y alforjas era algo así como recurrir a amuletos propiciatorios para obtener un aspecto lupino.

En otras versiones, un sujeto adquiría una apariencia muy parecida por el sólo hecho de utilizar una piel del animal; el cuerpo humano quedaba en estado cataléptico.

Hay que señalar que después de la transformación, el individuo duplicaba o triplicaba su fuerza natural. Adquiría la robustez y energía de la bestia en cuyo cuerpo moraba.

Acaso una de las formas más comunes de obtener la mutación, era a través de la mordedura de otro hombre lobo, traspasando así el hechizo.

Por último, existía la noción de que un sujeto tomaba apariencia lobuna tras haber realizado un pacto con las fuerzas del infierno.

Después, se sumergía durante una noche de luna llena en las aguas de un río o lago de donde salía a cuatro patas, con una espesa y peluda piel.

Un largo hocico, grandes y afilados dientes y ojos envueltos en llamas. Permaneciendo así toda la noche en busca de posibles víctimas.

Al llegar el amanecer, se introducía de nuevo en las aguas del lago o río para recobrar su aspecto humano.

Cuando el hombre lobo recobra su forma humana

Los testimonios del pasado aseguran que un lobizón, al recobrar su estado natural como individuo, tenía un aspecto muy extraño, pleno de detalles singulares.

Por lo común tenía un físico delgado y alto. Con un color amarillento en la piel, magro y fantasmal, emanando cierta fetidez corporal a causa de los efluvios de su organismo: solía padecer del estómago debido a su dieta a base de carne humana.

Tenía que guardar reposo forzado con grandes siestas para compensar los excesos y el agotamiento durante sus rondas nocturnas.

Era la norma que un hombre lobo al recobrar su humanidad, no recordara nada de lo ocurrido durante sus ataques a la luz de la luna.

Lo embargaba una absoluta desorientación, un tremendo trastorno el descubrir vestigios de sangre en su cuerpo y al encontrarse desnudo.

Volvíase presa de la angustia al comenzar a intuir su antropofagia a causa de su pestilencia, y al imaginar la serie de atrocidades que podía haber cometido durante su trance lupino.

Resulta innecesario señalar que al hombre lobo se le han imputado muchos crímenes cuando en realidad han sido cometidos por un simple asesino.

Infamias que no le corresponden le han sido adjudicadas en virtud de su naturaleza iracunda. Su simple aullido provoca oscuras premoniciones y temblores de espanto.

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Cómo se convierte alguien en un hombre lobo
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Cómo se convierte alguien en un hombre lobo
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Es probable que hayas escuchado la historia de que para convertirse en Hombre Lobo debes ser mordido por otro Hombre Lobo, pero a lo largo de la historia han habido muchas otras formas de convertirse en uno.
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