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Los aspectos vulnerables del hombre lobo

A pesar de que el hombre lobo era (o es) una criatura muy poderosa, no resulta del todo inmune. Su potencia mengua en determinadas circunstancias.

Ante ciertos objetos, olores y actitudes, la virulencia de la bestia puede verse mermada y representa una oportunidad para eliminarla si se tiene cuidado y se conocen los puntos débiles del adversario.

Esto era sabido por campesinos y pastores que en la antigüedad pugnaron por encontrar una forma de defenderse antes los embates de la maligna fiera. Y en ocasiones lo lograron.

Los remedios contra la licantropía, dada su ferocidad, sus alcances y sus estragos, no admitían posturas tibias o melindrosas: o la cura o la aniquilación.

Ante semejante mal, quienes enfrentaban las devastaciones de una bestia así no tenían más que dos caminos: intentar poner fin a los desmanes sanando a quien lo padecía o darle muerte.

Sin embargo, entre esos dos extremos podía surgir una dudosa opción, aunque pocos estaban dispuestos a llevarla a cabo, y esa era la de convivir con la enfermedad.

Ahora bien, esto solamente era posible cuando se conocía a la persona que era víctima del padecimiento y se le guardaban ciertas consideraciones y por lo menos estima.

Era posible, poco antes de producirse la metamorfosis, recluir o encadenar al licántropo en un recinto bien resguardado, para evitar su salida al exterior y sus previsibles ataques.

De este modo podía protegerse a inocentes personas que de otra manera resultaban potenciales víctimas del engendro y cuyas vidas corrían un enorme peligro.

Testimonios antiguos dan cuenta de licántropos que, conocedores de su mala suerte y afección, ante la llegada de la luna llena se encerraban en sus aposentos con llave.

Acto seguido, arrojaban la llave por la ventana o a través de la ranura inferior de la puerta para no poder abrirla y permanecer separados del mundo exterior durante el tiempo que duraba la transformación.

Otros eran atados con cadenas a la pared o incluso a la cama, por familiares y amigos para que, igualmente, permaneciesen controlados durante las horas de la crisis.

Del mismo modo, la precaución de contar con gruesas y resistentes puertas provistas de férreas cerraduras o potentes cerrojos, además de barrotes en las ventanas, obstaculizaba la posibilidad de escape.

En no pocos casos era preferible enclaustrarlos en sótanos, bodegas o catacumbas donde no llegasen al exterior los gruñidos que emitía en su estado animal.

Guía para identificar a un hombre lobo

Si bien algunos no deseaban darle muerte a un licántropo sino que sólo deseaban contar con algún tipo de defensa, el problema principal era identificarlo.

Y si el propósito final, a pesar de cualquier reparo o remilgo, era acabar con él, ¿cómo podía alguien saber que estaba en presencia de un hombre lobo?

Después de todo, detectar a uno genuino no era fácil. Podía tratarse de un chiflado, un neurótico, un demente o un simple bromista que quería divertirse a costa de uno.

Había ciertas señas reveladoras que, tal vez tomadas en forma separada o en conjunto, eran una buena pauta para llegar a una conclusión.

Un rasgo que se consideraba propio de los licántropos era la unificación de las cejas en el centro. Éstas debían ser tupidas y erizadas.

El dedo anular más largo que el dedo medio justificaba la sospecha de estar frente a alguien con conducta animalesca. Un individuo de cuidado.

Tanto en la antigüedad como hoy en día, ciertos patrones daban y dan pistas inequívocas o por lo menos sospechosas de que las cosas no obedecen a lo normal.

Un síntoma revelador: una vez que la bestia prueba y degusta la carne humana, en su estado de ser humano “normal” también disfrutará de la carne fresca sanguinolenta.

Los sentidos del olfato, oído y vista muy desarrollados y sensibles, eran indicadores confiables de algo propio de un espécimen lupino.

Vestigios de pelo en las palmas de la mano, así como pérdida del mismo a los lados de la frente podrían sugerir algo inusual atribuible a un ser no muy apacible.

Los hombres lobo eran capaces de curarse por sí mismos heridas graves. Durante sus ataques y correrías, no resultaba infrecuente que salieran lastimados, ya fuera en forma accidental o por agresión de un oponente.

El estado de nerviosismo acompañado de algunas convulsiones, al acercarse la fase de luna llena, resultaba también una señal anómala.

Algunos hombres lobo disfrutaban con la llegada de la luna, pero otros experimentaban melancolía y, otros más, un profundo temor, quizá ante la expectativa de atrocidades por cometer.

No faltaban quienes solían mostrar signos de agresividad o períodos de rabia no controlada y sin justificación alguna, con propios y extraños.

El hecho de volver a casa desnudo por la mañana, no era señal de juergas en burdeles durante la noche, sino de rondas nocturnas por el bosque.

Derrotando al hombre lobo

Es un hecho que no en todos los casos se procura la muerte de la bestia. Lo principal es derrotarla durante los ataques y defenderse en forma eficaz.

Cuando se busca su muerte, por lo general, lo primero que se piensa es en el consabido recurso de la bala de plata.

Aunque suele pensarse que esto es una patraña moderna e invención del cine hollywoodense, alejada del folclore, en realidad no es así.

La tradición (bastante nutrida y larga, que merece contarse aparte por su cantidad de detalles) surge en el siglo XVIII (1767), en Francia. Cuando la temible Bestia de Gèvaudan, quien tenía en su haber a numerosas víctimas, fue abatida.

Quien le dio muerte fue un cazador: Jean Chastel, un hombre sencillo muy religioso y devoto de la Virgen María, quien estaba conmovido ante tanta maldad y muerte.

El cazador decidió fundir una medalla de plata con la efigie de la Santísima Virgen y fabricó tres balas de plata. Lo importante era la procedencia: la medalla santa, no el metal.

Una vez hechas las balas para usarlas contra la bestia atroz, las llevó a bendecir ante un abad y con ellas dio muerte a la criatura asesina. Se volvió famoso.

Desde entonces surgió la costumbre de usar amuletos y otros objetos de plata como una manera de protegerse de los licántropos. Se aseguraba que su reacción era intensa y muy negativa. Por lo común, su piel sufría quemaduras.

Tal es el origen del método de la bala de plata para acabar con un hombre lobo. Sin embargo, hay otros medios, ya que en la antigüedad no había armas de fuego.

Lo más común era cortarle la cabeza con un hacha o una espada, para posteriormente sacarle el corazón. Ambas maniobras eran necesarias para acabarlo.

Por lo general, un hombre lobo era y es inmune a las armas ordinarias, por lo que es necesario el uso de instrumentos específicos para poder hacerle algún daño.

En la condición de lobo, darle muerte no es tarea fácil, aunque puede resultar herido.

Otras tácticas no buscan ultimarlo, sino volverlo a su estado natural, curándolo de la condena que lo impele a cometer sus fechorías. Buscando su redención.

Como es de esperarse, por lo general tales procedimientos caen en el terreno de la superstición y carecen de todo sustento médico o científico.

Tales métodos se guían más por el miedo que por sus resultados prácticos.

Una manera consistía en llamarle por su nombre de pila (se sugería tres veces), mientras se le extraían tres gotas de sangre, y sólo tres.

Otra hipotética cura se basaba en herir al licántropo con un cuchillo en la frente o en el cuero cabelludo, pero en forma suficientemente profunda para que manara gran cantidad de sangre.

En algunos cuentos populares europeos se consigna el hecho de que si se arrojaba un objeto de hierro contra la criatura, recuperaba de inmediato su forma humana.

Para otros, hacer la señal de la cruz era suficiente para dejar libre al licántropo de su nefasta condición. El agua bendita, en forma abundante, conseguía matarle.

Una vez muerto, se aconsejaba quemar el cadáver rápidamente en lugar de enterrarlo.

Y adiós para siempre, hombre lobo.

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Como derrotar a un Hombre Lobo
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Habrás leído que a un Hombre Lobo se le derrota con una bala de plata, cierto? Y si no tienes una, cómo harías para vencerlo? Entra y Enterate
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