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Hombre lobo y licantropía: un mito perenne

Es innegable: en pleno siglo XXI, la creencia en el hombre lobo se resiste a morir. Es más, parece perpetuarse revitalizándose una y otra vez con nuevo vigor. Inmarchitable.

Para algunos es una fuente de distracción y emociones fuertes que pueden hacer olvidar por un momento la rutina cotidiana. El fastidio de una vida gris.

Para otros es algo más fuerte y estremecedor: es como una especie de venganza sobrenatural de la cual hay que protegerse.

Sin duda alguna se nutre de nuestros pánicos y conflagraciones internas más espeluznantes. De nuestro escalofrío nocturno ante lo ignoto.

De las atrocidades que día a día nos agobian en nuestra frenética vida contemporánea.

Desde las tragedias colectivas que nos rodean y que nos transmiten con no poco morbo a través de los medios de comunicación, hasta las catástrofes individuales.

Entre el colapso ecológico del planeta, las epidemias, las guerras, los cataclismos climáticos y el debilitamiento de la fe en las religiones, surge una y otra vez una figura que tiene milenios de existencia.

La gente de hoy por lo general no lo admite pero desea salirse un poco de emociones experimentadas una y otra vez, dejar de aferrarse a ellas por lo insípidas que son.

También busca abandonar de vez en cuando ese idealismo un tanto burdo que impera en todos los órdenes de nuestras existencias.

Por ello, el hombre lobo ofrece esa posibilidad: salirse de lo común ante la posibilidad de enfrentar algo extraordinario y excitante.

Procedencia del mito lobuno

Pero, ¿en dónde nace la leyenda?

¿Cuál fue el sitio de origen de una creencia que ha pervivido tanto tiempo y permanece tan lozana y actual como si fuera algo del pasado más reciente? ¿En dónde surge?

Hay que señalar que el lugar de nacimiento del hombre lobo y la licantropía tuvo lugar en Arcadia, en el centro del Peloponeso. En la región montañosa de Grecia.

Y es una sugerencia muy verosímil que la causa se atribuya a la siguiente circunstancia: los naturales eran un pueblo de pastores.

Con toda seguridad sufrían frecuentes ataques y depredaciones de lobos.

De hecho, se especula que crearon un sistema de recompensas para todo aquel cazador que los ayudara a librarse de plaga semejante y proteger sus rebaños.

La historia está demasiado extendida como para que le atribuyamos un origen accidental o que se traté tan sólo de una tradición de los lugareños.

Siempre fue muy estrecho el vínculo de los habitantes de Arcadia con los lobos.

Sabemos que el temible rey Licaón fue el primer fenómeno humano emparentado con esos animales. Un monarca tiránico y cruento.

Hombre impío que se burlaba de los rezos y las más piadosas súplicas.

Se dice que decretó la celebración de cultos paganos, y aunque como suele ocurrir que siempre hay varias versiones de un mito, su monstruosidad fue difundida sin trabas.

Durante esas bacanales ─porque no puede llamárseles de otra forma─ se ofendía todo lo bello y más sagrado del ser humano. Todo con el mayor grado de bajeza.

En tales rituales se ofrecía a los dioses del Olimpo la sangre de seres inocentes. Se les sacrificaba sin compasión, en especial a los niños. Torturándolos incluso.

Fueron tantos sus desmanes, que sus horripilantes actos llegaron a oídos de Zeus, quien para asegurarse, bajó a la tierra disfrazado de vagabundo para investigar.

El máximo dios y rector de dioses menores y semidioses, aborrecía los sacrificios humanos. La antropofagia era considerada pecado entre los griegos. Algo muy grave.

Tras descubrir con sus propios ojos que los rumores eran verídicos, reveló su identidad para exigir cuentas a las hordas de Licaón.

Al ratificar que todos los crímenes cometidos eran ciertos decidió someterlos a un castigo ejemplar. Entonces el pueblo entero se postró a los pies del dios Zeus haciéndole ofrendas.

Las hordas y seguidores de Licaón hicieron lo mismo con la esperanza de aplacar la ira del dios supremo y menguar así un poco la penitencia inminente que se avecinaba.

El tirano Licaón en cambio, no estaba convencido de que el advenedizo que había llegado como un mendigo y trotamundos, fuera en realidad Zeus y quiso matarle.

Pensó en realidad que se trataba de un simple y vulgar holgazán errante.

Sin embargo, una duda lo detuvo y se arrepintió de proceder con su plan original. Cambiando de opinión, se dispuso a hacer una prueba para verificar sus sospechas.

Por un lado estaba convencido de que aunque se tratara de un dios, era posible que lo engañara un intrascendente mortal. Y por otro, decidió adularlo mediante una estratagema.

Con el pretexto de hacerle un homenaje, quiso agasajar a Zeus con un fastuoso banquete, para el cual preparó una gran cantidad de carne humana.

La carne había sido arrancada de los miembros del cuerpo de un mensajero procedente de un pueblo vecino y enemigo, y a quien había tenido como rehén.

Al infortunado prisionero lo mandó matar cortándole primero el cuello con la espada y, tras despedazarlo, coció en grandes ollas hirvientes parte de la carne y asó otro tanto para halagar al visitante.

Sirvió generosas viandas de carne humana junto con grandes jarras de vino, pletóricas cestas de frutas con flores y bellas hetairas, las cortesanas griegas.

Al acercarse Zeus a la mesa y descubrir que se trataba de carne humana, se puso fuera de sí, e iracundo profirió mil improperios contra el autor de aquel festín caníbal.

Licaón, lleno de pavor, intentó huir corriendo a toda prisa hacia los límites de la ciudad y se internó en el campo. Pero todo fue inútil. Justo en la campiña comenzó el suplicio.

La tremenda e implacable maldición de Zeus lo alcanzó y le había sido enviada a él y todos sus descendientes.

En forma paulatina su fisonomía empezó a cambiar: una gruesa cantidad de pelo erizado como cerdas creció en todas las partes de su cuerpo.

Sus extremidades comenzaron a combarse, curvándose de una manera casi grotesca. Le salieron afiladas garras y unos colmillos muy puntiagudos brotaron de su boca que se convirtió en un par de fauces.

Experimentó una urgente necesidad de matar, de esparcir sangre caliente por doquier. Intentó hablar, pero de su hocico lleno de espuma no salieron palabras sino aullidos.

Sin embargo, aún conservaba algunos vestigios de su previa apariencia humana: canas, expresión rabiosa y ojos relumbrantes.

Sus mandíbulas se cubrieron de baba y sentía que su sed sólo podía saciarse con sangre. Rugía entre las ovejas con ansias de devorarlas a todas al igual que a todo tipo de ganado.

Parecía haber hecho un juramento para cometer toda clase de crímenes.

Pronto cambió la carne de los animales por la humana: le resultaba más apetitosa.

Había nacido el hombre lobo.

Un mito que en muchos provoca una sonrisa ladeada y fanfarrona pero que en determinadas circunstancias, hace pensar reconsiderando las cosas.

Al tener en cuenta todo lo que el pasado ha hecho por preservar acontecimientos reales o ficticios, verdaderos o inventados, que miles o tal vez millones de personas han vivido dentro de lo sobrenatural, hay que ser más abiertos.

Nadie quiere salir lastimado por una superstición que palpita, muerde y aúlla.

Si a uno le dicen que es un hecho que hombres lobo y licántropos no existen, lo más prudente sería no apostar la vida por ello.

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Donde nace la leyenda del Hombre Lobo
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Donde nace la leyenda del Hombre Lobo
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El hombre lobo es una de la figuras más icónica de la historia humana. Aún así, son pocas las personas que saben de donde proviene su leyenda. Ingresa y conoce el origen de esta criatura de la noche.
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