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Mester de lobería

En la época medieval, el lobo era el animal más temido y se le consideraba el más peligroso, astuto  e insaciable predador que hubiera pisado la tierra.

Sus terribles fauces eran consideradas lo más destructivo tanto para las personas como el ganado. Se pensaba que podían infligir más daño que un cuchillo.

Si un hombre se topaba con un ejemplar, huía de inmediato. No por su aspecto o su color, sino porque era considerado el enemigo natural. Cruel e implacable.

Era algo instintivo, alimentado por fantasías y pensamientos preconcebidos. La bestia era lo más hostil mientras que el perro representaba lo más amistoso. Lo negro y lo blanco de la familia de los cánidos.

El lobo estaba emparentado con el demonio, sin duda. Simbolizaba la noche y el invierno, los nubarrones y la tormenta: era el oscuro emisario de la muerte.

Durante los albores de la humanidad, el lobo era por lo menos respetado. El hombre primitivo encontró cualidades talismánicas en sus colmillos, por lo que los usó en collares.

Llegada la Edad Media, todo se transformó en miedo y odio, dirigiéndose hacia él toda clase de resentimientos y venganzas.

Mucho contribuyó la fe cristiana pues no sólo era el destructor de rebaños sino la encarnación de Satanás: llevaba a la corrupción a todos los fieles.

Si nos atenemos a los bestiarios medievales, hubo toda clase de observaciones y conjeturas alrededor de la naturaleza y costumbres de los lobos.

La mayoría eran lo suficientemente inexactas o de plano falsas, como para justificar a plenitud la mala reputación de estas incomprendidas criaturas.

 Una época propicia para el hombre lobo

Los antiguos griegos y romanos creían en la existencia de hombres lobo, aunque de manera ocasional y por circunstancias muy específicas, como la del tirano Licaón.

Durante la época medieval esto cambió radicalmente. Para la actitud supersticiosa de la gente, la transformación de un hombre en lobo era común, algo cotidiano.

Este fenómeno se condimentó hasta tal punto que alcanzó dimensiones e importancia nunca antes sospechadas. Llegó a ser parte de la idiosincrasia popular.

En un período en el que todo se medía con la vara del cristianismo, y en el cual la gente era incapaz de comprender una mente que no era la suya, el hombre lobo tuvo que ser un prodigio y un engendro del mal a la vez.

En el medioevo, la gente narraba historias y cuentos de licántropos junto al fuego de la cocina, como ahora se hace de viajes espaciales, internet, dietas y ejercicio.

En tales relatos se hablaba de hombres que se escondían tras los matorrales, se quitaban las ropas y se convertían en hombres lobo para despedazar a los caballos.

Algo muy importante: en la era medieval se desarrolló el concepto del hombre lobo como un doble, el “otro yo” que la gente malvada escondía en su fuero interno.

Ese alter ego, era la parte de cada individuo que estaba más expuesta a las veleidades de Satán.

Para el teólogo San Agustín, ese desdoblamiento era una sustitución diabólica.

Hay incontables crónicas de hombres que a voluntad se transformaban en lobos con enormes dientes cortantes y fauces, y así, atacaban a pobres corderos sin defensa.

Cuando sobre ellos la gente corría armada con palos y hierros, huían enseguida recorriendo enormes distancias en muy breve tiempo.

Si eran heridos o golpeados durante su trance como lobos, la herida o marca del golpe se encontraba exactamente en el mismo sitio de su cuerpo como humanos.

Cuando un hombre tenía el destino de ser hombre lobo, era raro que sus hijos no lo tuvieran en el mismo grado.

Siendo la creencia de que si un sujeto tenía la capacidad de desdoblarse en otro, la interpretación cristiana era que se apoderaba de él un espíritu maligno.

Si se aislaba de la comunidad, la postura religiosa era que el demonio lo arrojaba a algún lugar apartado para abandonarlo como a un muerto.

En caso de que el “otro yo” adoptara el aspecto de lobo, de nuevo, la explicación cristiana era que el demonio se había introducido a un lobo.

Si un hombre aseguraba tener como un doble a un ser lupiforme, la iglesia afirmaba que ese individuo “se creía” lobo.

Si el “otro yo” regresaba al cuerpo original, los cristianos estaban convencidos de que un santo había despertado al hombre para librarlo de su posesión.

Una breve historia medieval lobuna

En aquella época, circuló una historia según la cual una dama de la nobleza no creía en la metamorfosis de las personas en bestias de ninguna especie.

Discutía con un sirviente sobre esa posibilidad, y como la dama se mantenía pertinaz en su postura, el criado se ofreció para hacerle una demostración de que era factible.

Ante los ojos de su señora se transformó en un enorme lobo y comenzó a emitir tenebrosos aullidos y se lanzó en tempestuosa carrera hacia el bosque perseguido por los lebreles de la aristócrata.

Rodeado por los perros, el hombre lobo luchó contra ellos pero en la contienda fue mordido en una pata. Consiguió librarse y escapó de nuevo a un paraje lejano.

Poco después, el criado regresó con su ama y señora. Su cuerpo mostraba claras señales de lucha y varios mordiscos marcaban sus carnes.

Desenlace medieval del licántropo

Al concluir la Edad Media, continuó con más fuerza que nunca la antigua consideración de que el hombre lobo era un ser de naturaleza demoníaca.

Su aspecto lo tomaba a través de pactos diabólicos y así se acrecentó su carácter de ser proscrito e indeseable, pero a la vez atrayente y enigmático.

A partir del siglo XVI, las apariciones de hombres lobo experimentaron un importantísimo aumento, quizá como nunca antes se había presentado en siglos anteriores.

En el período comprendido entre 1520 y 1630 se registraron y denunciaron más de 30,000 casos de licantropía en Europa.

El miedo más atroz hizo presa de la población y las personas procuraban no salir durante la noche.

Se conformaron grupos de ciudadanos que llevaban a cabo batidas nocturnas para proteger al resto de la población.

Se desataron cacerías patrocinadas por las cortes y la iglesia.

Hubo gran cantidad de juicios y procesos contra cualquier sospechoso. La mayoría de las veces eran considerados culpables casi sin pruebas. No hubo clemencia para nadie.

El influjo de la luna en el hombre lobo

La luna ha acumulado centenares de creencias de todo tipo imaginable a lo largo de los siglos. Creencias a menudo románticas y otras veces terroríficas.

Es una profunda convicción el que la luna llena causa locura en las personas (de ahí el epíteto de “lunático). Una idea antiquísima que se pierde en los albores de la humanidad.

Muchas de tales nociones pertenecen al terreno de la superstición, como ocurre con la licantropía.

La capacidad de una persona para transformarse en hombre lobo ha estado vinculada con la influencia de la luna. Se cree que existe algún tipo de conexión mágica.

Algunos clérigos medievales llegaron a afirmar que una forma segura de lograr un aspecto lupiforme, consistía en desnudarse y revolcarse en la arena bajo los rayos de la luna en las noches de plenilunio.

La luna llena es un factor que aparece de manera reiterada en prácticamente todas las civilizaciones como una de las causas más comunes para que una persona se convierta en lobo.

De hecho, es casi una condición necesaria para que la metamorfosis tenga lugar.

En dicha fase lunar, el individuo se ve afectado por episodios y espasmos licantrópicos de forma intermitente, permaneciendo, al finalizar dicho período, tan normal como cualquier otra persona.

Acaso ni los astrónomos, las mareas, las flores, los poetas o enamorados; han tenido una relación tan estrecha con la luna como el hombre lobo.

Rastrear con exactitud cómo, dónde y cuándo se originó ese vínculo, no ha sido posible hasta ahora.

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El hombre lobo en la Edad Media
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La edad media fue una época ideal para acrecentar la leyenda del hombre lobo. Ingresa y enterate
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