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El germen de una transformación maldita

Es en los textos grecolatinos donde encontramos las primeras referencias a los hombres lobo y licántropos. Desde el siglo V a.C. hay narraciones que los citan.

Desde tiempos inmemoriales, Apolo fue adorado en Grecia, donde se creía que, en ocasiones, el dios asumía la forma de lobo. En animal temible y despiadado.

Para reforzar su relación genealógica con los lobos, en la Ilíada de Homero, el dios es insultado por Pandaros (un aristócrata de Troya) al llamarlo “hijo de loba”.

Sus comienzos son, por lo tanto, anteriores al cristianismo. Aristófanes y Petronio hablan en sus obras de hombres que se desnudaban y trazando un círculo con su orina alrededor de la ropa, se transfiguraban en lobos.

Herodoto, también los menciona en sus libros de historia al contar cómo los habitantes de la región euroasiática de Escitia (hoy Letonia) se volvían lobos una vez por año.

El gran historiador no creía en tales rumores, pero conforme oyó que los habitantes de aquellas tierras remotas los repetían sin parar, no tuvo más remedio que convencerse.

Herodoto tenía muy claro que la emoción más rudimentaria e intensa de la humanidad era el miedo; en especial el miedo a lo desconocido.

Pero también estaba consciente del poder de seducción y lo atractivo que era para las personas todo lo espectral y lo macabro.

Casi nadie podía sustraerse al hechizo que producía lo espeluznante y siniestro. Lo sobrenatural. Una rara combinación del pavor con el embeleso.

En todo caso, la mayoría de las crónicas sobre hombres lobo tienen lugar en un escenario muy singular: Arcadia, territorio griego del Peloponeso.

Plinio el Viejo recoge un informe acerca de sacrificios humanos celebrados en Arcadia en honor a Zeus Licio: los oficiantes hacían una especie de “comunión” con las entrañas de sus víctimas y, devorándolas, se trocaban en lobos.

La metamorfosis cobraba distintos matices en cuanto a forma y duración dependiendo del lugar de procedencia de cada historia popular.

Arcadia era una zona que idealizaba la vida pastoril y que promovía una vida eterna fincada en la buena salud. Pero era también una comarca bárbara.

En sus límites, el amor era considerado como la cosa más dulce y… también cruel.

Lo cierto es que esa región era áspera y caótica donde coexistían lo más noble y exquisito con lo más brutal y amargo.

Las demás poblaciones griegas la conocían por sus costumbres feroces y sus anécdotas sobre los hombres lobo.

El mito señala que Zeus, el padre de los dioses, convirtió en lobo a Licaón ─tirano arcadio─ por sacrificar a un niño y devorarlo en un ágape como prueba de su divinidad.

Fue un gobernante sanguinario que trastornó la vida de sus súbditos. Instauró cultos paganos que aterrorizaron a todos por las atrocidades que cometía.

Él es considerado el primer hombre lobo de la historia.

Es de este déspota Licaón, cuya apariencia de llevar vestidura de pelos en brazos y piernas, de quien procede la palabra licantropía.

Es conveniente señalar una leve diferencia: el hombre lobo es quien por una maldición, por efectos de magia o inclinación natural, tiene la capacidad de transformarse en lobo.

Un licántropo, en cambio, es un enfermo mental que está convencido de ser un lobo y se comporta como tal. Semejante diferencia suele pasarse por alto.

Por su parte, los romanos designaban a los hombres lobo como víctimas de versipellis, por su aspecto que hacía pensar que el pelo les crecía hacia adentro.

Es en Roma donde comienzan a tipificarse las características que más tarde definirían a los licántropos: despojamiento de ropa, pelaje y plenilunio.

La luna llena fue desde entonces un símbolo, un estigma para estas criaturas.

El aullido a la luz de la luna se convirtió en una especie de lema distintivo de estos seres malditos.

Algunos ciudadanos romanos llegaron a referir que en presencia de un hombre lobo, cualquier persona perdía la voz y se le paralizaba el flujo sanguíneo.

De las mujeres embarazadas hubo testimonios de que si éstas miraban a un licántropo, al momento de parir tendrían un bebé con rasgos lupinos.

La manía lupina en el hombre

Para muchos eruditos griegos y romanos, la transformación lobuna (licántropo, lobizón o lobisón) era producto de la locura, pero para otros era síntoma de taciturnidad, de melancolía.

Según los médicos grecolatinos era una enfermedad que podía curarse, haciendo una incisión en el tobillo de la bestia para que brotara un poco de su sangre.

La mutación en criatura era atribuible a artilugios mágicos o un castigo de los dioses, pero también podía ser de forma voluntaria.

Los magos más sofisticados optaban por la brujería en búsqueda de sensaciones nuevas, mediante rituales y la ingestión de pócimas, así como la recitación de conjuros.

Muchos recurrían a menjurjes en que mezclaban sapos, serpientes, erizos y sangre humana, aderezándolos con hierbas y raíces para trastornar la mente.

El propósito era el desquiciamiento para engañar a la imaginación.

En opinión de los filósofos, los licántropos experimentaban un placer más intenso al tener coito con lobas que con mujeres. Y ello era la razón para cambiar de naturaleza.

En los climas fríos eran más lascivos, feroces y crueles. Poseídos por una incontinencia rayana en lo monstruoso.

Sin embargo, el período de celo tenía una duración de tan sólo doce días al año.

La propagación del mito del hombre lobo

Hoy en día se critica con excesiva dureza la credulidad de griegos y romanos, considerándola vergonzosa. Sin embargo, el hombre contemporáneo no es menos ingenuo.

El bestialismo era muy atrayente para muchos y lo sigue siendo hoy en día. El hombre de la antigüedad tenía sus creencias como el hombre moderno las suyas.

Tal y como lo pensaba Herodoto: aquello que al ser humano le aterra, le provoca por otra parte, fascinación.

El género humano le teme a lo horripilante, lo tenebroso, lo inexplicable; pero al mismo tiempo se siente profundamente atraído por ello.

Pocos pondrán en duda esta verdad, y su obvia exactitud garantiza la vigencia de lo sobrenatural. Los licántropos remueven los instintos y emociones del hombre.

Los mitos de griegos y romanos son cualquier cosa menos insípidos y suelen tener un gran soporte estético en grado sumo.

Y uno de los mitos que ha subsistido con el paso de los siglos y que además ocupa un lugar preponderante en la iconografía popular, es el del hombre lobo.

Tradición que necesita muy poco estímulo para estar en boca de escritores y poetas, siempre dispuesta a romper el límite entre lo real e imaginario.

Pese a lo que pueda afirmarse, el tema de los hombres lobo no se limita al mundo clásico de la mitología.

Muchos sabios de la época antigua escribieron manuales y tratados en los que se detallan de manera seria y “científica”, las costumbres de estas criaturas.

No pocos afirmaron que en el proceso de transformación, los huesos y músculos del hombre se estiraban al mismo tiempo que la piel se cubría de pelo espeso y debajo de la lengua surgían cerdas puntiagudas.

Sus mandíbulas se convertían en fauces enormes con colmillos filosos como dagas; de las uñas les brotaban garras.

Podía andar sobre dos o cuatro patas, y cuando no encontraba carne para devorar, se alimentaba de tierra.

Licántropo u hombre lobo: un ser, una bestia, una criatura a medio camino entre lo humano y lo animal, entre el hombre y el lobo.

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El Origen del Hombre Lobo
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El Origen del Hombre Lobo
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Es casi seguro que alguna vez en tu vida has escuchado sobre Hombre Lobo, sus características y debilidades. Pero tambiés es probable que no conozcas donde nació la leyenda del Hombre Lobo, y te aseguro que es mas macabra de lo que te imaginas.
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